28/08/2011

CERRO VALLECANO







"When the shadow of the sash appeared on the curtains it was between seven and eight o' clock and then I was in time again, hearing the watch. It was Grandfather's and when Father gave it to me he said I give you the mausoleum of all hope and desire (…) I give it to you not that you may remember time, but that you might forget it now and then for a moment and not spend all your breath trying to conquer it. Because no battle is ever won he said. They are not even fought. The field only reveals to man his own folly and despair, and victory is an illusion of philosophers and fools."

William Faulkner (The Sound and the Fury)





14 DE AGOSTO

Suena el teléfono y abro los ojos. No sé qué hora es. Ni siquiera sé si es madrugada, tarde o noche porque la persiana está cerrada a cal y canto. Miro el teléfono que sigue sonando, es ella. No lo cojo, me quedo tumbado y aturdido, despertando pesadamente. Un buen invento la persiana, pienso. En otros países no tienen persiana y uno se despierta cuando le da la luz del sol. Pero este es el país de la fiesta y la fiesta no respeta la luz del sol ni los horarios establecidos por el mundo civilizado. La puta fiesta.

Miro el reloj, son las 23:30, la siesta duró demasiado. La siesta y la fiesta. Ayer salí hasta las tantas y hoy he trabajado en el turno de mañana. La resaca es deprimente. Dormir la siesta es deprimente. Levantarse de la siesta a las 23:30 es aún más deprimente. Me levanto tambaleante y siento una sensación de desequilibrio y de confusión parecida al jet-lag. La juerga de ayer fue de las buenas, bebí demasiado y ahora me levanto tarde y pierdo un puto día de mi vida de esta forma gratuita e indecente. Abro la bolsita, preparo una raya, la alineo con mi DNI y la esnifo fuerte sin necesidad del tubito de papel. Un huracán de hielo ardiente recorre mi cara, mi boca, mis ojos, mi cerebro, mi corazón. No hay nada como esto para despertar. Salgo al balcón y oigo más música. En el centro de Madrid la locura nunca termina, los conciertos de Lavapiés han empalmado con los de la Paloma y la música parece perpetuarse indefinidamente en las calles. Decía Hemingway que París en los años veinte era como una fiesta que se mueve y te persigue a donde vayas (A moveable feast). Pero éste respetable señor no tuvo la oportunidad de vivir el Madrid de un siglo después. El mundo ha cambiado demasiado y ya nadie va a corromperse a París, ciudad fría, cara y elitista, sino a este aduar semi-africano donde todos estamos locos.
Salgo a pasear un rato para airearme y me meto en el meollo, entre los botellones, los conciertos, los borrachos y los vendedores ambulantes. En el suelo hay latas aplastadas, pis, vómitos y fluidos de todo tipo. Caminar con esta cabeza bamboleante entre la gente enfebrecida de alcohol y deseo es una sensación aterradora pero interesante. Te sientes como un extraterrestre recién aterrizado en un planeta desconocido, ruidoso y anárquico. El río de cuerpos y feromonas dirige mis pasos mientras mis pupilas exangües y somnolientas chocan con las miradas acuosas de tantos borrachos afanosos de noche. Recuerdo que mañana trabajo (y madrugo) y decido irme, pero antes me detengo y reparo en una escena que llama mi atención. Tres policías con rostros mediocres y brazos de gimnasio se acercan un grupo de negros que bailan y beben latas de cerveza. Uno de los negros se para ante ellos y les mira con ese semblante fiero de león africano, esa tez sudorosa y metálica, de otro mundo. Le mira con el ceño fruncido y los ojos como dos canicas brillantes que le amenazan, pero al instante sonríe, abriendo más sus canicas y mostrando unos dientes blanquísimos como paletas de pin pon, capaces de arrancarles las orejas de un mordisco. Este es nuestro territorio, parece decirles con esa sonrisa simiesca. Es un primate que seguramente convivió con las fieras de la sabana. Es salvaje, huele mal, no teme a nada. Da miedo.

8:00 de la mañana, hora de trabajar. La resaca parece resignarse a desaparecer. Otra raya y los síntomas son mínimos. Anoche tardé en dormirme, oyendo mis latidos cocainómanos mientras miraba al techo alto de mi habitación, sin pensar en nada concreto, pensando en todo, en todas las cosas de la vida, en todas a la vez, como dicen que les pasa a los que están entrando en la muerte por el oscuro pasadizo que culmina en la luz salvadora. Pero la luz de afuera no es el cielo ni el infierno, sino Madrid a las 8 de la mañana. Tonos ocres y anaranjados tiñen los edificios grises y blanquiñosos de la ciudad. Antonio López debe pintar a esta hora, pienso mientras cruzo la plaza del Museo Reina Sofía y contemplo entre los edificios claros, el semicírculo púrpura de la estación de Atocha. Camino con energía sintiendo el fresco de la madrugada y los charcos secos, renegridos y putrefactos, huellas de la parranda de anoche. El tren se aleja de la ciudad y entra en el páramo madrileño, árido como el infierno.

Trabajo en Vallecas, ese barrio obrero, canalla, descangallado, fané y sin afeitar, tan parecido a mí en estos momentos. Socorrista, guardavidas, lifeguard. El oficio en sí tiene sus cosas buenas; leer en los muchos ratos libres (tengo el mal de Montano; estoy un enfermo de literatura), tomar el sol, nadar en el agua fría y ver -muy de vez en cuando- una chica morena y bronceada. Por lo demás, pura paja de chismosos, malmetedores y atorrantes que no paran de despotricar contra el mundo, llenando así el vacío de la rutina veraniega; que si este no limpia, que si aquél se escaquea, el otro no llega a su hora porque es un listo Manuel, pero luego me pedirá un día libre, y le va a dar un día libre su puta madre ¿tengo razón o no Manuel? y es que para lo que les pagan a estos puñeteros niñatos deberíamos tenerles picando toca la puta mañana, porque aquí no aparece ni dios hasta las 11 y un día vamos a tener una desgracia Manuel ¿Me olles?.

Mi compañero Nosferatu no es el trabajador típico, es decir, no es el típico chismoso malmetedor y atorrante, pero también me da grima. No le llamo Nosferatu a la cara porque no tengo confianza ni amistad, ni quiero tenerla. Pero el cabrón es igual al vampiro, con su palidez, su calva brillante, sus orejas puntiagudas y unos ojos oscuros y pequeños, en perpetua vigilia. Además, es el típico don perfecto obsesionado con el orden y la ley y empeñado en ejercer su trabajo con la mayor excelencia. Otro pobre diablo, en el fondo. Aquí le tengo a Nosferatu sentado erguido a 90 grados en su puesto de trabajo, con sus bartulos perfectamente ordenados y su baraja de cartas que mira obsesivamente, como si tratara de descifrar un enigma en el que le va la vida. A veces, cuando despotrico, cuando eructo, cuando llamo monos de mierda a los monos de mierda que pululan por la piscina, me mira de reojo. Sé que está juzgándome, por mi actitud carente de ética, por llegar tarde, por venir algo tambaleante y quizás hasta por no afeitarme.
-“Buenas, ¿Que tal?”
-“Estupendamente… y tú echo mierda. Saliste ayer ¿no?”
-“Nooo” -Pienso en la posibilidad de darle un corte profundo y sangriento, pero son solo las 8:25 de la mañana.- “Me quedé en casita tomando un colacao como un chico bueno.”
-“Ya… ¿Y esas ojeras que tienes? ¿y el chupetón del cuello?” -No me acordaba de que la muy choni de antes de ayer era una vampira chupacuellos como Nosferatu (el real, es decir, el de ficción).
-“Bueno nene, corta el rollo que voy a leer”.

La piscina olímpica se extiende ante nosotros larga y cristalina como un trasatlántico invertido -diría el poeta surrealista- como la huella del golpe de Dios -diría el vallejiano- o como un balbuceo de luna -diría el lorquiano-, exhibiendo los fulgores del sol reflejados en el agua, no aptos para mis ojos resacosos -diría el bukowskiano-. Un cerro áspero y desabrido corona nuestro Polideportivo al que se cuela todo tipo de gentuza, de salvajes y de chimpancés; gitanos, kinkis, moros, rumanos, yonquis y maleantes de todo tipo. Y no me vengas con que soy racista eh, si son gentuza sucia y maloliente no es mi puta culpa, amigo. Jóvenes violentos, renegridos por la intemperie, cuya máxima aspiración en la vida era joder al personal masculino, y “joder” en su acepción sexual, al femenino. Un ambiente como este catequiza de racista a cualquiera. Yo, (que no soy racista, te lo repito), tengo un rechazo innato y aprendido por la gente callejera, criada entre la miseria, la violencia y el analfabetismo. Y mis razones tengo. Con todo y con eso, a veces hasta me resulta interesante ver este escenario rocambolesco de gente que parece sacada de un manicomio. Pero una cosa es que me resulte interesante y otra que me mole. A Nosferatu si le mola esta “torre de Babel” como dice. Le hace sentir bien en su progrerío.
Seguridad, por favor, la valla está más agujereada que un queso gruyer y se están colando por lo menos 15 gitanos, acudan cuanto antes, acaban de robar las mochilas a unas pobres chicas que estaban bañándose, por favor que acudan rápido, los moros están haciendo mortales y el empeine de uno de ellos ha caído a centímetros de la cabeza un viejito nadador. ¡¡Que venga el de seguridad cojones!! Allí hay unos tirando piedras, allí se están pegando de hostias, allí se han metido al baño con unas chicas… -joder que suerte tienen algunos-. ¿Y qué coño hace ese gitano ahí quieto en el agua? ¡Estoy cagando primo! ¡Qué pasa! Qué asco de trabajo. Seguridad, las gitanas se están bañando con ropa de calle. Nosferatu en acción; “Señora por favor, tiene que salir del agua”, “No”, “Por fav..” “Que no me sale del coño”, “Nada que hacer, demasiado terca”, “Mal rayo te parta payo ¿Cómo le has dicho a mi mujer? ¿Penca?”, “No señor, dije terca, no es un insulto”, “¿Tenca? Me cago en tu raza que cosa es lo ques eso”, “No sabría decir.. Sinónimo de insistente”, “¿Que nisónimo ni que simonino? Te asesino a ti y a toda tu familia”. “No se preocupe señor, que se siga bañando, no se hable más del tema”. Y yo partiéndome el culo, aunque me mire con esos ojillos de desesperación.

Por fin, a los 45 minutos, llega el encargado de la seguridad, un gordo cabrón, alcohólico y probablemente pederasta.
-“¿Me estabais llamando? No veas que niñitas hay debajo de esos árboles, las he pillao haciéndose porros y las he dicho que o me enseñan las tetas o llamo a la policía y se lo digo a sus padres.”
-“¿No te da vergüenza?” –Le dice Nosferatu- “Tienen 15 años como mucho.”
-“Mejor, más tiernecitas” -Y se ríe balbuceando y mezclando el exceso de saliva con esos dientes putrefactos de perro hediondo.- “Bueno qué, ¿A quién tengo que echar?”
-“A esos 15 gitanos rumanos que se están haciendo porros y jodiendo al personal. Pero vamos, si prefieres, diles que te enseñen la poya y les perdonas la vida.”
-“Muy gracioso. Ya verás cómo le tengo que dar una hostia a algún gilipollas de esos.”
Y sale caminando firme y derechito, con esos andares de chulo putas que no tiene dinero ni para ni para ser chulo ni para irse de putas. Pero se va apocopando a mitad de camino. Se va desinflando el gordo cabrón a medida que se aproxima al grupo de morenos callejeros sentados en la grada. Tienen una media de 18 años, la mayoría son fibrosos y fuertes, pero sobre todo el cabecilla, que va completamente tatuado como un Mara Salvatrucha. Tiene un cuello y un rostro de toro bravo, mandíbula gruesa, dientes negros y cejas pobladas y los arcos supra-orbitales hinchados. Todos van en bóxer, no porque no tengan bañador, sino por un motivo que después de años trabajando aquí, no me he podido explicar. Quizás para provocar a las chicas marcando el paquete rumano, visiblemente más grande que el español.
Antes de que el gordo pilo llegue a ellos, el cabecilla tatuado se levanta y se le encara a gritos.
-“Tú, mierda, vete a tomar por culo de aquí o te reviento la cabeza”.
Y el gordo hediondo queda paralizado, parece decirle algo, bajito, no consigo oír el qué. Se oye un “¡Quién!” y, como me temía, el barrigón se da la vuelta y nos señala con el dedo. Siguen hablando. El cabecilla tatuado se levanta y me mira fijo. Su mirada me atraviesa y me saca del letargo de resaca en el que estaba hundido. A pesar de los 30 metros que nos separan, puedo sentir el fuego de sus ojos salvajes clavándose en mí. Pasan 15 segundos interminables, les dice algo a sus compañeros, saca de una mochila unos pantalones militares, que se pone, y algo brillante que se guarda en el bolsillo. Se levantan y se aproximan a nosotros. Abro la cremallera de mi bolsa y saco el cuchillo redondo de untar mantequilla. Lo aprieto muy fuerte contra el lateral de la mesa de plástico haciendo una marca cuneiforme sin que nadie me vea. Solo el calvo me vé.
-“Tú ¿estás loco? Relájate y guarda eso.”
Los rumanos pasan a nuestro lado y el cabezón tatuado se queda mirándome desafiante. No le quito la mirada, pero tampoco suelto el cuchillo, el ridículo cuchillo de cortar mantequilla que se doblaría contra su cuello de toro. Ahora me mira con toda la violencia y el ímpetu animal del tercer mundo, como si estuviera a punto de lanzarse sobre mí, hace una leve mueca de sonrisa, como para que me confíe, pero da paso de nuevo, en una milésima de segundo, a la mirada asesina. Un gesto estudiado, pienso, de actor newyorkino. Se queda enfrente de mí, me apunta con el dedo y me golpea en el pecho con su índice, una, dos, tres, cuatro veces:
-“Uno, no me gustan los chivatos cobardes como tú. Dos, no me gusta que me miren así. Tres, no me gustan los maricones de mierda que solo venís aquí a ligar con chicas. Cuatro, me he quedao con tu cara primo, si te vuelvo a ver te mato.”
Y salen de la piscina. Respiro hondo. La sangre me hierve. Y despotrico lo que queda de tarde contra, moros, rumanos, seguratas, putones verbeneros y la madre que los parió a todos. El calvito hace como que le llaman por teléfono y se va a dar vueltas por la piscina. Hijo de puta, eso mismo le hago yo cuando me quiere contar su vida.
No le caigo bien a don perfecto. No importa, estoy viendo a la tía más buena que ha pisado esta piscina en todo el verano. Está en las gradas, un poco más atrás de donde estaban los rumanos asesinos. Es muy joven, morena y bronceada. Su piel oscura contrasta con su diminuto bikini amarillo. Tiene el pelo rizado y recogido y se le ve un cuello largo y fino, lindisimo. Su piel es suave –ya sé que aún no se la he tocado, pero se vé que es suave, lisa y bruñida como un canto de un río -que diría el lorquiano-, pulida como un bólido del futuro -diría el vanguardista- , refulgente como el magma de los volcanes –diría el modernista-. Sus caderas son estrechas, es esbelta, de andares femeninos y culito respingón. Se acerca, mirando de frente y me esfuerzo mentalmente por atraer su mirada. Una mirada oscura y brillante de ojos negros, rasgados y grandes, labios gruesos, nariz algo ancha. Parece una reina árabe, quizás lo es.
Al fin me mira y sonríe. Le dedico una sonrisa de pájaro con un lado de la boca. Asiento con la cabeza y saludo con la palma. Ella sigue su camino riéndose. No solo lo parece; es árabe y además de ser la mujer más hermosa de la tierra parece buena persona, dulce y considerada. La llamaré Jasmín, la princesa mora de la piscina vallecana. Mi compañero calvo mira la escena con desaprobación. Pobre beato fiel y calzonazos. Mi teléfono suena. Es ella otra vez, no se da cuenta de que no se lo voy a coger. Y menos hoy, que tengo por delante una noche cargada de fiesta, de fiesta y de fiesta.



15 DE AGOSTO

De nuevo de fiesta. De nuevo de resaca. De nuevo una raya. De nuevo al trabajo. Hoy, los pensamientos de poeta enfermo de odio fluyen en mi cabeza insolada. El sol resbala lentamente por la cascada de humo que oculta Madrid y mi cuerpo padece su ausencia irrespirable de poeta maldito o de maldito poeta coñazo. Es un momento de paz o de vacío, de nostalgia o de tristeza. El crepúsculo veraniego ha anunciado el “The end”, pero la película sigue, intermitentemente, casi aburridamente, como dejándose pasar. Y dentro de un rato, casi sin dar tiempo a asumirlo, empezará otra película muy distinta a la anterior; la aventura de la noche, la movida madrileña. En verano lo damos todo, la noche nos arrastra, alcohol, porros, gritos, sexo, amaneceres. El sueño es escaso y el despertar lúgubre. Y las maletas siguen vacías porque no me voy de viaje. Porque se va ella sola. Y los paisajes ya no entran en mis retinas enrojecidas, ni los sueños en mi mente resacosa.

Los esquemas van a romperse. ¿Crees que solo los tuyos? Trepa a ese cerro vallecano y contempla el perfil alquitranado de Madrid. Las millones de personas que te observan y chismorrean felicísimos en su soledad. Siéntete único en el no vivir, el único pato triste del manzanares. Si así lo quieres, siéntete así en esta casa sin puertas ni ventanas. Pero no cuentes conmigo, imbécil. Te espero fuera, ladrando como un gato, un felino madrileño entre los miles de sabuesos vocingleros que te ladran cuando corres como una perra subiendo por las faldas de esa montaña.
Y en ese mismo instante, cuando ya empieza a anochecer, cuando el sol también cae -the sun also falls- y la ciudad inhala su asfalto pestilente, el niño imperceptiblemente, flota en el agua. Mientras, el yonqui se pincha en la parada de autobús de la carretera de Valencia y el público vomita, el niño bracea con dificultad. En ese puto minuto, mientras la choni pierde el tren que le lleva con su cita, el currela pierde las llaves, el despistado pierde la cartera y yo pierdo la cabeza, el niño forcejea, salpica, gime. Y si las desgracias que son sandeces te importan de verdad, perderás el azul de su iris y la mirada acuosa del pequeño y temerario nadador. Se hundirá el cuerpo rojizo y dorado de ese niño bañista de Sorolla, el pequeño cuerpo suave y esos ojos que lo tienen todo por ver. Los encharcados pulmones no volverán a inspirar el pestilente humo de la ciudad.

Así que óyele, mira sus ojos, entiende su lenguaje, su mirada, su iris acuosa que te pide ayuda. Se está ahogando. ¡Sálvale! Pierde tu cartera, tus llaves, pierde el último tren que salga hacia la indiferencia. Que se inunde ese móvil al que ella sigue llamando. Sumérgete, juégatela, sálvale. Causa admiración en tus enemigos más encarnizados. Y sé un puto héroe aunque sea por cinco minutos. Y respira hondo el humo pestilente de la ciudad.






16 DE AGOSTO

7:15 de la mañana, suena la alarma y abro los ojos. Me levanto, presiento lo peor, pero no siento mareo ninguno, no tengo resaca, no salí ayer. Hoy no me hacen falta los polvos mágicos. Lo que pasó ayer por la tarde me ha hecho reflexionar. Se puede hacer algo por los demás, incluso en un curro ingrato como este. Deberíamos estar preparados para reaccionar y hacerlo de la mejor manera posible. Así lo hicimos y estamos orgullosos. Bueno, sin exagerar.
Llego a mi puesto de trabajo 45 minutos antes y decido nadar. Salto de cabeza y siento el agua fría y limpia de la mañana resbalando por mi cuerpo. Mis brazos entran en el agua cíclicamente -son flechas deslizándose hacia delante, son peces o arpones lanzados desde el cielo- para terminar empujando el agua hacia atrás. Mis pies patalean el agua empujando como hélices de una lancha. Me gusta sentirme un pez, incluso en esta piscina desolada en medio del páramo vallecano.

Me encuentro de mejor humor. Saludo, hoy si, a los operarios de mantenimient. Luis – porque Nosferatu se llama Luis- me da los buenos días efusivamente. Sé que se siente orgulloso de mí por lo del otro día. Me trae un libro de salvamento.
-“He pensado que deberíamos ojearlo. Para estar mejor preparados si vuelve a ocurrir. ¿No? Te lo presto y me lo devuelves cuando quieras.”
Y tiene toda la razón. Yo también había pensado en ello después de lo del otro día. Es buen chico este vampiro llamado Luis. Mientras me seco siento el aire de la mañana y el sol que me acaricia la piel. Me siento extrañamente contento y positivo con el mundo. Me dan ganas de besarle en la calva.

Salgo al banco para sacar un dinero que necesito. Los trámites coñazo de siempre. De regreso me encuentro con el señor Eugenio que me saluda como siempre, efusivo, optimista, sonriente, “hoy hace un día estupendo eh”. El viejo playboy de la piscina, un gallego que supera los 80 años, pero conserva intacta el ansia de vivir y de pecar. Más moreno que un modisto italiano, con su pelo plateado, sus ojos azules que guiña con pericia, su dentadura (¿postiza?) blanca e impecable y su huevo izquierdo estudiosamente salido de su bañador de calzón, el viejo conquistador revive sus tiempos de gloria imperial a golpe de viagra. Y tiene éxito, este verano ya lleva dos cincuentonas. Siempre le he visto como un ejemplo a seguir, excepto por las caminatas kilométricas que se pega, dando al menos cincuenta vueltas a la piscina.

A media mañana, algo detiene mi lectura pero no sé qué es. Busco con la mirada y veo la piscina vacía. Hasta Luis parece aburrido, medio adormilado. Muchas veces he sentido este sentimiento anticipatorio, esta premonición de que algo –lindo o feo- va a ocurrir. Ya lo veo. Es Jasmin que viene a lo lejos. Ese sexto sentido nos alerta de que algo extraordinario va a suceder en nuestras vidas. Y entramos en un estado de desvelo, de ansiedad y de lívido. Resulta extraño la capacidad que tenemos a veces para adivinar que algo está a punto de ocurrir y la ceguera que demostramos otras veces, metiéndonos en la boca del lobo, llendo derechitos al matadero, como dice el guajiro, con los ojos tapados como los caballos.
Jasmín se lanza al agua muy cerca de nosotros, el chapuzón despierta a Luis que se incorpora de súbito, pero le digo que no se preocupe y vuelve a su letargo. La princesa árabe se apoya en el borde más cercano.
-“Socorrista, ¿Y si me ahogo?”
-“Yo te salvo.”
-“¿Y como?”
-“Te hago el boca a boca.” –Ella se parte de risa. Luis sonríe.
-“¿Y si no me despierto?”
-“Tendría que llevarte al hospital para curarte”
-“¿Me curarías de verdad? -Luis abre un ojo.
-“Yo no. Algún médico”.
-“¿Y porque tú no?”
-“Porque yo no sé curarte”-Luis tose, pasan unos segundos de silencio.
-“Ah… Pero yo quiero que me cures tú”. -No sabe con quién está hablando.
-“Bueno, pues yo te curo.”
-“Vale, cúrame ahora, que me he hecho daño al tirarme al agua”.- Luis hace un sonido nasal, se está aguantando la risa.
-“Vale…”
Jasmín no me da tiempo a decir nada más. Sale de la piscina ágilmente, las gotas de agua esquían por su cuerpo montañoso y moreno, por sus tetas dulces (y ya sé que no las he probado, pero sé que son dulces como los frutos de su país natal -diría el poeta nerudiano-) y por sus piernas firmes de pantera de terciopelo. Una tira del sujetador se le desliza un poco descubriendo una teta como una manzanita, algo menos bronceada que el resto del cuerpo, pero igual de suave, de tersa, igual de dulce. Las curvas se suceden hasta sus tobillos tatuados con raíces y ramas con espinas. De cerca es aún más exuberante a pesar de que quizás no llega a los 18.
-“Yo creo, señorita, que me está provocando. Y no sé cómo ayudarla”
-“Aquí no” me dice. “Mejor vamos a dar un paseo” y se aleja 15 metros sin dejarme reaccionar, entre otras cosas porque creo que me estoy poniendo cachondo.
Miro a Luis y deja de hacerse el dormido, abre los ojos y se descojona.
-“Vete tranquilo. En serio. Hoy estamos 2 socorristas más de la cuenta porque acaban de cerrar la piscina de invierno. Además mi novia también viene a verme, debe estar a punto de llegar.”
-“No jodas. Me da palo. ¿Qué edad tendrá?
-“Tranquilo que no irás preso. No parece tan pequeña”.
-“No sé Luis”. Y me doy cuenta de que por primera vez en el verano, le he llamado por su nombre.
-“¡Que te vayas coño!”. Me da una palmada y se despide sonriente. Parece que don perfecto no es tan beato ni tan capullo como pensaba. Miro a Jasmín que ya está a 50 metros, un poco más y se larga. Ahora o nunca, pienso. Estas cosas no pasan todos los días. Me pongo las chanclas y salgo detrás de ella sin camiseta. Pero antes de seguirla me paro, doy la vuelta hacia Luis y le beso en la calva.
-“Aquí te espero cabronazo” Me dice desde el puesto, como un susurro suavísimo, cargado de amistad y de complicidad.
-“No voy a tardar, no te preocupes”.
Avanzo rápido hacia ella. Me ve venir y me espera.
-“¿Dónde vamos?” Le digo.
-“A mi casa, vivo justo allí” Y señala a los bloques más cercanos al polideportivo.
-“Hablas muy bien español, pero eres de fuera ¿no?”
-“Si, de Argelia, pero llevo aquí 11 años.”
-“Ah, no conozco tu país. ¿Y qué haces en España?”
-¿Cómo que qué hago en España?
-“Si, ¿A qué te dedicas?” -Según lo pregunto me arrepiento de haber preguntado esa sandez. ¿Me pueden los nervios delante de una desconocida?
-“¿Yo? No hago nada. Vivo como una reina.” –Sabía yo que era la reina mora.
-“Entonces. ¿Eres rica?”
-“Si, soy rica, mi familia es rica”. -Me mira y comienza a reírse.
-“¿A qué se dedican?”
-“Yo vivo aquí con mis primos que venden armas a… ¿Como se llaman? A los de la ETA. Las traen de mi país y ganan mucho dinero.” -Y se sigue descojonando. Me está vacilando una niña y yo sigo preguntando gilipolleces.
-“Ya… Y no estarán tus primos pro etarras en casa ¿No?”
-“Nooo. Este finde están fuera de Madrid.”
Seguimos caminando hasta salir de la piscina. Jasmin avanza con seguridad, sin la más mínima curiosidad por mi vida, con un desprecio olímpico de todo lo referente a mí, a mi poesía, a mis libros, a mi vida. Nos adentramos en las calles ajardinadas del barrio de Santa Eugenia. El sol arde sobre nuestras cabezas, pero ella no suda ni una gota. Cuando camina se le mueven ligeramente los pechos y su culo se contrae sin que se perciba la más mínima imperfección. La lívido me aumenta como el mercurio del termómetro.
Llegamos a su casa. Subimos por ascensor a pesar de que es un piso primero. El metro cuadrado en el que estamos casi nos obliga a estar pegados. Se coloca delante mío y de espaldas y puedo sentir su cuerpo caliente y su culo respingón rozando mi bañador. Jasmin huele a perfume de frambuesas y a piel de mango (te dije que era dulce). Antes de que se abra la puerta del ascensor, decido que no puedo contenerme más y acerco mi cara hasta su cuello, la huelo y la doy un mordisquito en la oreja mientras la agarro suavemente de la cintura. Ella gime como un gatito, casi imperceptiblemente y con su mano me roza el paquete, que ya está como una piedra. No me lo esperaba.

Entramos a la casa enloquecidos, avanzamos hasta una habitación con cama de matrimonio. La excitación impide que me fije en ningún otro detalle. Solo en sus labios gruesos que se muerde de placer, en sus ojos negros que me miran fijamente, en su cuerpo pegado al mío, en su mano que se desliza por su espalda para desabrocharse el sujetador, en sus tetas firmes y blancas, en sus pezones de color rosa clarito que chupo al instante, mientras mi mano baja hasta su…
Suena un timbre que casi me provoca un infarto. Proviene del portal, Jasmin corre a ver quien es, Regresa y me empuja con fuerza. Su cara se estremece en una mueca de terror y yo me acojono sin saber siquiera por qué, o sabiéndolo perfectamente.
-“No, no, no…¡¿Ahora que hago?!
-“¿Qué coño pasa?”
-“¡Mis primos suben, tienes que irte!”. -Y muy nerviosa, sin mirarme empieza a abrir el armario, a mirar por la merilla, por la ventana. Me dice que la siga pero cuando voy a salir por la puerta, alguien aporrea la madera a puñetazos y se oyen gritos en algún idioma africano.
Histérica, me señala debajo de la cama y me meto sin dudarlo. Abre la puerta y como una manada de antílopes de la sabana, irrumpen tres personas que difícilmente puedo divisar debajo de la cama. Uno, por el color de piel, parece árabe como ella y los otros dos son negros que discuten acaloradamente en africano, y se dirigen al árabe en francés. Uno de ellos golpea la pared y emite unos bramidos que dan miedo, otro se debe estar cagando en Dios, en Alá, en Mefisto, en Mahoma o en la madre de todos ellos. Se dirigen a ella también a gritos. El tercero se sienta en la cama con el culo justo encima de mi cabeza. Siguen discutiendo y rugiendo sin parar.
Mi corazón late tan rápido que temo que lo oigan, el sudor me cae por la frente, pensamientos locos viajan sin rumbo por mi cabeza. La pesadilla no termina. Entran y salen de la habitación y no paran de dar alaridos y golpear los muebles. Y yo me veo en esa situación ridícula y peligrosa a partes iguales. ¿Sera verdad lo de sus primos y la ETA? Si me descubren aquí abajo me van a machacar la cabeza como mínimo. En uno de los momentos álgidos del griterío, mi móvil suena y vibra. Lo tengo en el bolsillo de mi bañador (no recordaba ni que lo tenía) y al instante lo aprieto para que no se oiga. Afortunadamente solo era el “bip” de un mensaje, eclipsado por los bramidos de los negratas. Siempre me quejo de que el puto móvil nunca se oye, pero parece que eso mismo me ha salvado la vida. Es un mensaje de mi compañero: “Que hijo de puta, estas tardando eh! Pásatelo bien follador!”. Según lo leo no sé si reírme o llorar. Pongo el móvil en modo silencio.
Pasan las horas y la situación no mejora. Pienso en mil y un planes de fuga imposibles. Pienso en escribir un mensaje pidiendo ayuda, pero no sé ni donde coño estoy. Pienso y pienso sin llegar a ninguna conclusión lógica para salir de esta locura ilógica y surrealista. A parte de que no conozco la zona, en el camino no mire a otro lado que no fuera su culo, tres cojones me importaba la dirección de su casa. Trato de no hacer ruido al respirar y de calmarme, pero la tensión empieza a acumularse en mi cuerpo. Siento un latido doloroso en el corazón y me acojono doblemente ¿Demasiada coca últimamente? Pienso en mi familia, que debe estar en la playa, en mi madre, en mis hermanos, en mis sobrinitos pequeños. Me siento sucio e indigno. Siento que me merezco todo lo que me pase. La tristeza infinita del universo me invade en ese momento de desesperación. Cierro los ojos con fuerza y las lágrimas mojan el suelo polvoriento de la habitación. A la vez, extrañamente, me siento invadido por un sentimiento de amor hacia todas las personas, incluidos esos traficantes. Tengo que contenerme para no romper a llorar allí mismo.

Pasa otra hora, por lo menos, miro el teléfono de nuevo. Ya han pasado 3 horas que se me han hecho como trescientas. Tengo 2 nuevos mensajes de mi compañero echándome en cara mi falta de seriedad. Hay otro mensaje, es ella, me dice: “Solo te quería decir que al final si que me voy a vivir fuera de España. Tenías razón; ya no nos veremos nunca más”. Justo en ese momento oigo la puerta de la habitación cerrarse y la habitación queda en silencio. Me asomo por debajo sigilosamente como James Bond infiltrado en una fortaleza soviética. Parece que se han marchado a otro cuarto. Sin dudarlo salgo de debajo de la cama, me pongo en pie y con dificultad recobro el equilibrio. Estoy completamente tenso, contraído y deshidratado. Recuerdo que estoy en un piso primero, abro la ventana y trepo dispuesto a saltar. En ese momento, apoyado en cuclillas sobre la ventana a cuatro metros del suelo de la calle, la puerta se abre y oigo gritos de alarma en árabe y en francés sucesivamente.

Es él. Su mandíbula, sus cejas de toro y sus tatuajes lo delatan. Resulta que no es rumano, sino árabe ¿Es el hermano de Jasmin?. Su mirada me quema, sus pupilas ensangrentadas me reconocen. Me llama hijo de puta en español mientras dos negros con camisetas fosforescentes de tirantes acuden corriendo. Tienen los ojos como platos blancos que resaltan en su piel de roca azabache.
¿Es de verdad el hermano de Jasmín? ¿Sus primos traficantes son los negros? ¿De verdad habrán vendido armas a la ETA? Son los últimos y absurdos pensamientos que acuden a mi mente mientras el hermano de mí princesa árabe me apunta con la pistola enseñándome una sonrisa diabólica plagada de dientes negros superpuestos unos a otros. Al instante se pone serio y alza la ceja como diciendo “¿Ves lo que pasa?”. Y dispara.